¿Es sostenible un aumento continuo del regadío?

Tras épocas de sequía como la que hemos vivido a finales del año pasado, los debates sobre si la gestión de los recursos hídricos es la adecuada salen a la palestra y se recrudecen con posturas enfrentadas y, en apariencia, irreconciliables.

Durante la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI, la urbanización, la industrialización, el desarrollo de las actividades turísticas y, sobre todo, la agricultura (que consume en España más del 70% del agua) han favorecido un fuerte incremento de las demandas de agua, superando a veces la oferta natural de recursos disponibles.

Sin ir más lejos, esta semana, la Encuesta sobre Superficies y Rendimientos Cultivos (ESYRCE) anunciaba que durante el 2017 se había aumentado un 2,1% la superficie regada en nuestro país con respecto al 2016, situándose en más de 3,7 millones de hectáreas. Una tendencia esta que se observa en las últimas décadas, por ejemplo en los últimos 15 años la superficie de regadío ha aumentado un 11,2%.

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Sistema de riego automotriz o “pivot”

Por lo tanto, surge la duda, totalmente justificada, de si en un año de escasez pluviométrica como el pasado es ético o sostenible un aumento de 80.000 hectáreas en la superficie regada.

Rasquemos un poquito más, el Instituto Nacional de Estadística (INE) nos ofrece un sinfín de datos sobre este tema. Entre los más interesantes y explicativos para el tema que nos ocupa están los datos de consumo de agua (el otro gran parámetro junto con la superficie) en función de los sistemas de regadío desde el año 2000.

Sin título

Distribución de agua a las explotaciones agrícolas por técnicas de riego y periodo. Elaboración propia (Fuente: INE)

La primera conclusión que nos llama la atención es que durante el periodo estudiado (2000-2015) se redujo el consumo de agua en agricultura en más de un 10%, pese a que la superficie regada aumento considerablemente. ¿Cómo se compatibiliza que cada vez haya más superficie regada y sin embargo un menor gasto de agua?

Muy fácil, en general los sistemas más tecnificados (y que son más eficientes usando el agua) han aumentado en los últimos años en detrimento del riego por gravedad y otros sistemas menos eficientes.

Distribución de la superficie de riego por tipo de regadío

Distribución de la superficie de riego por tipo de regadío. (Fuente)

Según datos del Ministerio de Agricultura, desde el año 2000 se han invertido más de 3.800 millones de euros en modernización de regadíos en España, entre la UE (925 millones), el Gobierno central y las autonomías (1.718 millones) y los regantes, según los datos del Ministerio de Agricultura. Eso, en los sistemas comunes, sin contar lo que han invertido los agricultores en sus propios campos.

Importancia del regadío

La agricultura española es la base de un complejo sistema agroalimentario, muy competitivo en el mercado global y capaz de generar empleo y actividad económica de manera dispersa en el territorio, que le permite contribuir al mantenimiento de un tejido social vivo en las zonas rurales.

La superficie regada supone el 22% de la superficie agraria total pero genera el 77% del valor de la producción agrícola. Además, supone el 2% del PIB español y da empleo al 4% de la población ocupada en España.

La productividad de la tierra en regadío es del orden de cinco veces superior a la del secano, por lo tanto, la apuesta por el regadío y por su modernización tiene una serie de factores positivos como son su capacidad para fijar la población en el territorio rural al mejorar la calidad de vida de los agricultores y sus perspectivas de buenos rendimientos así como el fomento del emprendimiento y el rejuvenecimiento del sector agrario, ante las nuevas oportunidades empresariales que surgen o el crecimiento de la industria  agroalimentaria contribuyendo a la generación de riqueza y bienestar.

En este contexto, el futuro del sector pasa irremediablemente por la innovación. Aunque la dirección es buena, todavía queda camino por recorrer tanto para seguir mejorando el uso de agua como la mejora de la productividad de los cultivos. Así como para afrontar importantes retos como la mitigación y adaptación al cambio climático, la garantía en el suministro, la determinación de caudales ecológicos o la sostenibilidad de estos nuevos regadíos, lo que hace necesaria una política hidrológica de carácter nacional.

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