Europa está perdiendo el tren de la innovación agrícola

En 2012 las investigadoras Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna publicaron su técnica para realizar cortes precisos en el genoma, basándose en los descubrimientos del español Francis Mojica. Científicos y medios de comunicación celebraron el descubrimiento de este nuevo mecanismo de edición genética, el CRISPR, una nueva técnica con posibilidades casi ilimitadas, un avance decisivo en la ingeniería genética. Una revolución tanto en el campo de la agricultura como en el de la biomedicina o la industria. Sus descubridores han sido galardonados con numerosos premios y se ha quedado a las puertas del Premio Nobel. Sin embargo hace unos días el Tribunal de Justicia de la Unión Europea  ha sentenciado que los organismos producidos mediantes CRISPR deben ser regulados como transgénicos, lo que en la práctica hace casi imposible su cultivo y comercialización. ¿Son lo mismo que los transgénicos? ¿Qué consecuencias tiene esta medida? Primero veamos brevemente en que consiste esta técnica.

¿Qué es CRISPR?

La tecnología CRISPR es una herramienta molecular utilizada para “editar” o “corregir” el genoma de cualquier célula, actúa sobre el propio ADN con una técnica que consiste en cortar y pegar que da lugar a mutaciones. Sería algo así como unas tijeras moleculares capaces de cortar de una manera muy precisa y controlada fragmentos de ADN. Esta técnica se parece mucho a las mutaciones azarosas que ocurren en la naturaleza o la mutagénesis inducida que se viene realizando desde los años 50, con el fin de lograr mutaciones en las plantas por medios químicos o por irradiación (como vimos en esta otra entrada).

Sentencia sin argumentos científicos

La sentencia argumenta, sin aportar evidencias científicas, que pueden presentar riesgos para la salud humana y el medio ambiente similares a los que presentan el resto de organismos transgénicos (los cuales no presentan más riesgos que los no transgénicos). Cabe recordar que los organismos transgénicos, por definición, incorporan un nuevo gen que le confiere al organismo unas características nuevas cosa que no pasa con la técnica CRISPR. Se está regulando el proceso y no el producto final, al contrario de lo que se está realizando en otros países donde se pide que el producto final a disposición del consumidor no sea tóxico para la salud y que sea seguro para el medio ambiente. Un dato curioso es que, a diferencia de los transgénicos, estos organismos modificados usando esta herramienta son indetectables. Por lo tanto, como apunta Lluis Montoliu investigador del Centro Nacional de Biotecnología (CNB), “si la mutagénesis está permitida pero es más complejo y la técnica CRISPR tiene muchas trabas pero es sencilla y barata de realizar, ¿podría una empresa hacer trampas y decir que tiene una planta obtenida por mutagénesis cuando la ha desarrollado con CRISPR?”

Consecuencias

La primera consecuencia es que, gracias a sentencias como esta y unido a la desinformación y falta de cultura científica, estamos consiguiendo que gran parte de la sociedad perciba la ingeniería genética verde como si de una fábrica de productos peligrosos para el ser humano y el medio se tratase. Cuando en realidad se trata de todo lo contrario, una forma optimizada de mejora vegetal.

La obligación de etiquetar estos productos, al igual que los transgénicos, crea una imagen muy negativa para el consumidor y ningún mercado colocará en sus estantes estos productos, por lo tanto, ningún agricultor sembrará algo que no va a poder comercializar correctamente.

Además, existe el riesgo de que proyectos de investigación muy prometedores no puedan llevarse a cabo, si la edición genética no tiene posibilidades de ser aplicada, la financiación de la investigación básica descenderá.  Por lo tanto, la investigación europea también saldrá perdiendo.

También tendrá consecuencias empresariales ya que sólo las grandes compañías, que ya controlan comercialmente los transgénicos, pueden permitirse financiar los costosos procesos que permitirían aprobar una planta editada con CRISPR y esperar, al menos, 10 años para conseguirlo. Se consigue así que solo un puñado de grandes compañías tenga acceso a una técnica que debido a su bajo coste, facilidad y versatilidad está destinada a un público más amplio. Esta concentración biotecnológica en un puñado de empresas es lo que critica, con razón, el lobby ecologista, aunque son las medidas como estas, que ellos exigen, las que lo permiten. Un contrasentido más.

Aunque esto será en Europa, en otros continentes sin tantos debates ideológicos, el tren de la revolución genética continuará su marcha.

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